El aumento sostenido en el precio de la carne volvió a instalar el debate sobre las causas estructurales que impactan en uno de los productos más sensibles para el consumo argentino. Para parte del sector ganadero, la explicación no pasa únicamente por la inflación o la especulación comercial, sino por una combinación de factores productivos acumulados durante años.
El productor chaqueño Walter Detzel señaló que buena parte de la situación actual tiene origen en decisiones adoptadas desde mediados de la década pasada, cuando se aplicaron restricciones a las exportaciones y distintos mecanismos de control sobre el mercado cárnico.
Según explicó, esas medidas redujeron la rentabilidad del sector y, combinadas con la sequía que afectó al país entre 2008 y 2009, derivaron en una fuerte liquidación de vientres, es decir, de vacas destinadas a la reproducción.
Ese proceso impactó de lleno sobre el stock ganadero nacional, que pasó de alrededor de 60 millones de cabezas en 2007 a cerca de 48 millones en 2011, una caída que todavía hoy es mencionada como uno de los puntos de inflexión para la actividad.
Desde el sector recuerdan que la ganadería tiene tiempos de recuperación más largos que otras actividades productivas, ya que recomponer rodeos implica varios ciclos biológicos y planificación de mediano plazo.
En paralelo, el mercado local también comenzó a convivir con una mayor presión de la demanda externa, especialmente por el crecimiento de exportaciones hacia China y el sostenimiento de cuotas premium como la Hilton hacia Europa.
En ese contexto, productores sostienen que el precio interno tiende cada vez más a alinearse con valores internacionales, impulsado por la competencia entre mercado doméstico y exportador.
Para Detzel, la salida de fondo pasa por incentivar una mayor producción ganadera mediante reglas claras, inversión y mejora en la productividad. “El equilibrio de precios se logra con más oferta, no con controles”, resumió.
Mientras el precio de la carne continúa en el centro de la discusión económica cotidiana, el debate de fondo vuelve a poner sobre la mesa una tensión histórica: cómo aumentar producción sin afectar rentabilidad y cómo sostener precios accesibles sin desalentar inversión en uno de los sectores clave del agro argentino.
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