Para provincias como Chaco, el girasol cumple un doble rol: por un lado, diversifica la matriz productiva y reduce riesgos agronómicos; por otro, se integra a una cadena agroindustrial con salida comercial clara, tanto para el mercado interno como para la exportación de aceites y subproductos.
Desde el punto de vista económico, el cultivo presenta ventajas vinculadas a su menor requerimiento de insumos, especialmente en campañas donde los costos de fertilizantes y fitosanitarios siguen siendo una variable crítica. Esto lo convierte en una opción atractiva para productores que buscan eficiencia y estabilidad en los márgenes.
A nivel de mercado, la demanda global de aceites vegetales mantiene una tendencia firme, sostenida por el consumo alimentario y el uso industrial. En ese contexto, el girasol encuentra un espacio competitivo frente a otros complejos oleaginosos, particularmente cuando se combina con logística eficiente y capacidad de acopio, factores clave para capturar mejores precios.
Para el NEA, el desafío pasa por articular producción, infraestructura y comercialización, de modo de transformar volumen en valor. La disponibilidad de nodos logísticos como el Puerto de Barranqueras, junto con una planificación productiva orientada al mercado, permite mejorar la inserción regional y fortalecer la competitividad del complejo girasolero.
Así, el girasol no solo se consolida como un cultivo relevante para la rotación agrícola, sino también como una oportunidad económica para la región, capaz de generar actividad, empleo y mayor integración de la producción primaria a las cadenas agroindustriales.
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