Movilidad alternativa en el NEA: Resistencia avanza sin red, mientras Corrientes y Misiones ordenan el cambio

El crecimiento de la movilidad eléctrica liviana (monopatines, patinetas y motos eléctricas) es un fenómeno común en las principales ciudades del NEA, impulsado por el encarecimiento del transporte tradicional y la búsqueda de traslados más eficientes. Sin embargo, la forma en que cada ciudad gestiona esa transición marca diferencias clave en términos de seguridad, costos urbanos y oportunidades económicas.

En Resistencia, la expansión de estos vehículos avanza más rápido que la infraestructura y la planificación. La normativa local establece la circulación por ciclovías o bicisendas que, en la práctica, no existen, generando una brecha entre regulación y realidad. Este desorden impacta directamente en la economía urbana: mayor riesgo de siniestros, conflictos en la vía pública y un entorno poco previsible para emprendimientos vinculados a la micromovilidad.

Corrientes muestra un escenario intermedio. La ciudad cuenta con una red de ciclovías limitada pero operativa en sectores estratégicos, lo que permite una convivencia algo más ordenada entre bicicletas, monopatines y tránsito tradicional. Aunque persisten problemas de control y señalización, la existencia de infraestructura básica reduce los costos asociados al caos vial y crea mejores condiciones para servicios de movilidad alternativa y actividades comerciales ligadas al transporte urbano.

Misiones, y en particular Posadas, presenta el modelo más estructurado de la región. Con una red de ciclovías más extensa, planificación urbana integrada y mayor presencia de movilidad sustentable, la ciudad logró incorporar estos nuevos vehículos con menores niveles de conflicto. Esa previsibilidad favorece inversiones, fomenta servicios asociados y consolida un ecosistema urbano donde la movilidad alternativa se integra al desarrollo económico local.

La comparación deja en claro que la movilidad eléctrica liviana no es solo una cuestión ambiental o de tránsito, sino un componente de la economía urbana. Donde hay infraestructura y reglas claras, se reducen costos, mejora la seguridad y se generan oportunidades de negocios. Donde no las hay, el crecimiento desordenado se traduce en riesgos y pérdidas de eficiencia.

Para Resistencia, el desafío ya no pasa por regular el uso de estos vehículos, sino por alinear normas, infraestructura y controles. En un contexto regional donde otras ciudades avanzan hacia modelos más integrados, el ordenamiento de la movilidad alternativa aparece como una condición clave para mejorar la competitividad urbana y la calidad de vida.