El avance del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner en debate el futuro del sector agroindustrial del norte argentino. Mientras desde el Ministerio de la Producción del Chaco se lo interpreta como una herramienta clave para mejorar la competitividad externa, desde el interior productivo se multiplican las dudas sobre su impacto real en los pequeños y medianos productores.
El ministro Oscar Dudik sostuvo que la reducción de aranceles y la simplificación del comercio internacional son “altamente beneficiosas” para una economía con fuerte perfil agroindustrial como la argentina. En ese marco, señaló que el nuevo escenario podría facilitar el ingreso de divisas y posicionar mejor a los productos regionales en mercados exigentes como el europeo, aunque admitió que algunos rubros deberán reconvertirse para adaptarse a las nuevas reglas de juego.
Sin embargo, desde la producción primaria la mirada es mucho más cauta. El dirigente de Federación Agraria Javier Druzianich advirtió que, en la práctica, los eventuales beneficios del acuerdo no llegarán al productor. Según explicó, la estructura del mercado argentino sigue concentrada en pocos exportadores e intermediarios que fijan precios, lo que impide que las mejoras internacionales se trasladen al campo. “El aceite de girasol se paga afuera hasta 500 dólares y acá apenas 320. Esa diferencia no la pierde el productor: se la queda el sistema”, afirmó.
La discusión deja al descubierto un punto clave para la economía del NEA: el acuerdo Mercosur–UE puede abrir mercados y mejorar condiciones comerciales, pero su impacto real dependerá de si la región logra resolver cuellos de botella históricos y construir una cadena más transparente y competitiva. Sin infraestructura, reglas claras y acceso equitativo al mercado, la apertura corre el riesgo de beneficiar solo a los grandes jugadores, dejando a buena parte del entramado productivo regional fuera del nuevo mapa exportador.