En tiempos donde el folclore dialoga cada vez más con la industria y los formatos urbanos, la figura de Caballero aparece como una continuidad genuina del canto popular. No desde la copia ni la nostalgia, sino desde una apropiación natural de un legado que sigue vivo. Por eso no sorprendió que El Chaqueño Palavecino lo señalara públicamente como continuador de su línea artística: en ambos hay una misma raíz, una forma de decir que nace del territorio.
Caballero no irrumpe como novedad estridente, sino como permanencia. Su voz (grave, firme, sin artificios) recupera el relato del hombre de campo, del paisaje norteño, de la vida sencilla atravesada por el trabajo y la celebración. En sus interpretaciones, chacareras, zambas y ritmos del monte no funcionan como piezas de museo, sino como lenguajes actuales, capaces de interpelar a públicos diversos.
Nacido en Formosa, su recorrido artístico se fue construyendo con paciencia y coherencia, lejos de los atajos. Cada escenario refuerza una identidad: la del cantor que no negocia su origen. Esa fidelidad le permitió crecer sin perder la esencia, consolidando una relación profunda con su audiencia, que reconoce en él algo más que una voz: una pertenencia compartida.
El reconocimiento de referentes históricos del folclore no es solo un gesto de afecto o admiración. Es también una señal cultural. Marca una línea de continuidad en un género que se sostiene justamente en el traspaso de saberes, estilos y sensibilidades. En ese sentido, Lázaro Caballero encarna una generación que no rompe con lo anterior, sino que lo prolonga.
Hoy, su figura ocupa un lugar singular dentro del mapa del folclore argentino. No como ruptura, sino como puente. Entre los grandes nombres que forjaron el género y un público nuevo que busca autenticidad. Entre la memoria y el presente. Entre la raíz y el camino que sigue creciendo.